Mi balance del cine español de 2025

Cerrar el análisis del año es enfrentarse a una maquinaria de premios, porque no es fácil encontrar el enfoque adecuado ante una industria que camina tan rápido. Durante el año he visto 33 películas, aunque tengo muchas pendientes que poco a poco están dando el salto a las plataformas, aunque suelo preferir ver series en ellas. Los premios juegan un papel fundamental para la visibilidad, pero entre festivales, academias y asociaciones (Forqué, Feroz, Fotogramas…), percibo un empacho en una maquinaria necesaria, pero donde a menudo solo gana el más fuerte o mejor posicionado.

Esta semana se ha abierto el debate por la presencia de influencers en los eventos cinematográficos y la excusa es su vinculación con marcas. Es verdad que no todo el mundo del sector, sobre todo los técnicos, tiene posibilidad de asistir, y debería de ser una responsabilidad conocer el acto y poder hablar en consecuencia. Que haya debate es positivo, pero si después se queda en nada, poco sentido tiene, porque no podemos perder de vista que el objetivo es poner en valor nuestro cine y a sus profesionales, todos ellos. El resto es caer en el postureo y la superficialidad. Pereza.

No creo que 2025 haya sido superior a años anteriores; que el éxito se reduzca a unas pocas obras no es positivo si tenemos en cuenta el volumen total de producción, el número de trabajadores del sector y los espectadores. Además, queda la duda de cómo envejecerán estas películas, si formarán o no parte del catálogo de obras porque el DVD o el Blu-ray es ya solo para coleccionistas, pero eso ya es otro tema. De nuevo, son argumentos de comunicación; lo relevante, eso sí, es el éxito de la mujer en los premios en ese duro proceso de fomento de la igualdad.

La sala es el espacio natural para ver cine; vivir cerca de una cada vez es más complicado, y eso afecta también a los hábitos. Intento ir al menos una vez por semana, aunque no siempre es posible. Es imposible verlo todo, y menos en salas; ha habido semanas con hasta cinco estrenos nacionales y, con la sobreinformación actual, el acceso al público es una carrera de obstáculos. Personalmente, priorizo el cine nacional y el europeo, siempre en versión original; me molesta incluso el cine nacional cuando coarta el uso de lenguas cooficiales en sus personajes. Me resulta curioso observar cómo nos admiran los países latinoamericanos en contraste con las piedras que nos tiramos nosotros mismos, algo evidente en la previa de los Goya. Spain is different.

Este año me he centrado en la ficción y, especialmente, en la animación, que vive una etapa dulce que espero no sea una anécdota. Adoro el género y trabajar en él. Destaca el universo de Alberto Vázquez, ganador del Goya por Decorado; una sátira negativa cuya realidad, a veces, supera la ficción. Sin embargo, a la hora de seleccionar títulos me afecta la duración. El modelo digital parece haber fomentado metrajes que superan los 90 minutos sin necesidad, incluso en el cortometraje, que ya supera demasiado los 20 min (aunque recordemos que es válido porque, según amplió el ICAA, un corto puede tener una duración de hasta un máximo de 59 minutos). Un ejemplo de este exceso, que casi pedía ser dos películas, es La tregua de Miguel Ángel Vivas; a pesar de sus 150 minutos y su dificultad en salas, destaca por su ambientación y un trabajo de maquillaje y peluquería que le valió la nominación en los Goya.

Cuál es el cine que me interesa? Me decanto por el cine social y en valores, el cine bélico y aquel que rescata nuestra historia. Disfruto con la animación, tanto para adultos como familiar; es mi momento de desconexión. Necesito historias que transmitan emoción o reflexión; que me den «una hostia en la cara», como decía un profesor en sus talleres de cine en valores con adolescentes.

En contraste, este año se ha estrenado Sirat de Oliver Laxe. Aunque la crítica y redes como @lapelidelasemana la elevan a lo mejor del año por su caos y sensaciones —aunque después informo de su falta de criterio al no haber visto más películas de las nominadas—, no podemos olvidar que la película lleva la firma de Almodóvar en la producción, quien es nuestro mayor representante internacional pese a quien le pese, y eso abre muchas puertas. En cualquier caso, me cuesta verla a corto plazo por un contexto que me disgusta: la música electrónica y las raves; además de que el guion y la actuación parecen pasar a un segundo plano, y para mí son fundamentales, aunque es de agradecer la promoción que se está haciendo al trabajo técnico, que eso sí es una novedad importante.

Sí quiero comentar, sobre su discurso y la comparativa de los productos que hacen los diferentes países, que Los Domingos de Alauda Ruiz de Azúa (la película que ganó) era una obra para el espectador español por la propia idiosincrasia del país; lo comparo con el cine de Bollywood, que también es difícilmente exportable porque no lo necesitan, pero creo que su reseña merece una explicación. Sí creo que la película puede ser exportable a países donde la religión católica está presente; es una película sobre fe y religión, y lo maravilloso de la obra es la variedad de puntos de vista y la capacidad de conectar con el espectador para establecer una reflexión y un debate. Algo que no sucede demasiado y que es la firma de la directora. Sin duda, una de las películas del año también para mí.

Centrémonos en los títulos más destacados para mí este año. Por primera vez hago una triple clasificación: títulos que más me han gustado, obras de cine en valores y cortometrajes. No sé por qué antes no había mencionado al corto, cuando tengo una relación obsesiva con este tipo de contenidos; me cabrea mucho su situación actual, el desmadre y la falta de interés en que se regule y haya un camino claro (como ya he expuesto en anteriores artículos), junto con el cansancio de su duración excesiva y los problemas para su amortización y distribución con el incremento masivo actual, todos metidos en un mismo saco dentro de los festivales. De hecho, es llamativo que este año, entre los trabajos ganadores, de nuevo no eran jóvenes los que estaban detrás, y eso denota muchas cosas.

CINE EN VALORES LARGOMETRAJESCORTOMETRAJES
Leo & Lou de Carlos Solano. Disponible en Netflix. Muy lejos de Gerard Oms. Disponible en Filmin Palpito de Moises Romera y Marisa Crespo
Enemigos de David Valero. Disponible en Amazon Prime.  Los domingos de Alauda Ruiz de Azua. Disponible en Movistar+ Cólera de José Luis Lázaro 
El tesoro de Barracuda de Adrià GarcíaMi amiga Eva de Cesc Gay. Disponible en Movistar+Gilbert de Alex Salu, Arturo Lacal, Jordi Jiménez
Wolfgang (Extraordinario) de Javier Ruiz Caldera El corto de Rubén de José María Fernández de Vega

Tras compartiros mi listado, me llama la atención que solo hay dos títulos dirigidos por mujeres entre mis destacados; uno de ellos es una codirección. Veo mucho cine dirigido por mujeres porque me suele atraer mucho, y no por la horrible etiqueta de «cine de mujeres», pero quizás eso mismo me hace ser más crítica. Me gusta ver entre los estrenos esos nuevos puntos de vista, pero, al final, lo que me motivan son las historias. Es fundamental el trabajo que se está haciendo por la paridad e igualdad de oportunidades, y el discurso y la reivindicación deben estar presentes. Esto queda claro en las películas de Iciar Bollain e Isabel Coixet. Ahora levantan películas con mayor presupuesto donde se nota su oficio y trayectoria y, además, encuentran al público. No olvidemos que las dos mejores películas en 2025 y 2026 están dirigidas por mujeres y cuentan con producción de mujeres, como han sido Los domingos de Alauda Ruiz de Azúa y La infiltrada de Arantxa Echevarría.

En España, la productora más conocida que apuesta por proyectos dirigidos por mujeres y óperas primas es Elástica, que también actúa como distribuidora, con títulos tan interesantes como Estrany riu (Extraño río), ópera prima de Jaume Claret Muxart. Rodada en 16 mm, destaca el trabajo de fotografía y la primera incursión en la actuación de su protagonista, Jan Monter.

Veo conflictos en los proyectos noveles o de directores/as emergentes. Suelen tener presupuestos muy ajustados y, demasiadas veces, una sola persona asume guion y dirección; eso se nota a la hora de exponer el conflicto, el desarrollo y motivación de los personajes, y la interpretación del equipo artístico que lo encarna. Gracias al porcentaje incluido en las ayudas selectivas (a diferencia de hace unos años), está disponible esa oportunidad, aunque este año ya hemos visto la edad de esos directores/as que han logrado hacer su primera película. Lo complicado después es lograr tener una continuidad.

Ejemplos que me llamaron la atención de los estrenos de este año: La Furia de Gema Blasco, con una fantástica interpretación de su actriz protagonista, pero a pesar de todo no pude entender el comportamiento del personaje y cómo enfrenta el abuso sexual. En Las tortugas de Belén Funes (me gustó mucho su anterior película, La hija de un ladrón, y el corto Sara a la fuga), no pude entender la motivación tan dispar de la madre y la hija. Se puede trabajar y estudiar; no entiendo que no se planteara en la historia, así que el conflicto se me cae cuando la madre es una inmigrante trabajadora que ha tenido que sacar adelante sola a su hija tras fallecer el marido.

Otra película, pero en un contexto diferente y sin actores, es Ciudad sin sueño de Guillermo García López; me encantó el trabajo del diseño de luz y el uso del color. Disfruté mucho el cortometraje, pero en el largometraje —aunque puedo entender el planteamiento pedagógico del director— me faltó resolución en las tramas y en los conflictos, así como una mayor presencia de determinados personajes teniendo en cuenta la realidad del espacio que cuenta la película.

También es llamativo cómo se promocionan estas obras y, como siempre, lo complicado que es que se potencien los nombres. Al final no somos una industria tan grande y es relevante recordar que no somos marcas, como pasa en publicidad. El reparto juega un papel fundamental la mayoría de las veces, pero justamente, a veces, esta elección distrae de la historia.

Quiero, además, llamar la atención sobre partes relevantes de la obra como producto, y es el material promocional, con el cartel como máximo exponente. Es lo primero que llama la atención y cuidarlo es fundamental; es una pena que no tenga un mayor hueco, al igual que el tráiler, que solo está presente en los premios Feroz. Tampoco quiero olvidar los créditos, que pasan a un segundo plano: es aburrido y criticable el uso de letras blancas sobre fondo negro; da igual el género, suele ser una constante y es una pena. Parece que el trabajo creativo se ha agotado y esta parte no merece la pena porque da igual quién haya trabajado. ¿No creen que es triste?

Sobre directores consagrados, El Cautivo de Amenábar me genera rechazo por una época que no me atrae y unos decorados que huelen a cartón piedra, a pesar de ser películas de un amplio presupuesto y apoyo de televisiones o plataformas. Las películas que tienen un alto presupuesto (no tan amplio como en otros países) no suelen ser títulos que me atraigan; a pesar de todo, este año quiero destacar dentro de las películas con un fin comercial Wolfgang (Extraordinario) de Javier Ruiz Caldera, una historia poco común para su presupuesto que fue uno de los éxitos del pasado año.

También la primera película de Yolanda Centeno (cuya trayectoria está vinculada al montaje), Tras el verano, que trata un tema poco abordado: el vínculo emocional que se genera con los hijos de una pareja en familias reconstituidas, con un reparto conocido como Alexandra Jiménez y Juan Diego Botto. Ambas tienen la ambición industrial, pero no renuncian a la conexión emocional con el espectador.

Esto es algo que sí me pasó con otras películas de destacado trabajo técnico como La huella del Mal de Manuel Ríos San Martín o Un fantasma en la batalla de Agustín Díaz Yanes. Siendo ambos títulos que abordan temas relevantes, no por ser thriller (un género en auge en la actualidad) se logra siempre la conexión con el espectador; a veces quedan como una obra de puro entretenimiento y, en consecuencia, pasan a ser una obra de «usar y tirar». Es una pena levantar una película con lo que cuesta para que se quede en el olvido demasiado pronto. ¿No creen?

Con Maspalomas, de Goenaga y Arregi, tengo sentimientos encontrados: la premisa del colectivo LGTBI en la vejez es necesaria, pero me resultó frívola en su planteamiento de «libre albedrío», faltando conflicto familiar y realidad sobre los centros de cuidados.

Finalmente, el marketing actual es un problema: tráileres y sinopsis que cuentan una película que no es la que ves en sala. Me pasó con Enemigos de David Valero; se vendió como una historia de bullying cuando no hay un solo centro educativo en el filme. Es una obra con potencial para cine en valores, pero falta compromiso con el planteamiento. Algo similar ocurrió con Sorda de Eva Libertad. Es valiente rodar en Murcia y potenciar la accesibilidad, pero la relación de pareja me resultó poco realista —casi como el inicio de Up—, sin el conflicto real que supone la convivencia entre una persona sorda y una oyente o el vínculo de maternidad.

Como académica valenciana, debo destacar el éxito de las películas valencianas en la pasada edición de los Goya: éxito absoluto en cortometraje, ficción, animación y documental. Es una pena, en cambio, que La quinta portuguesa de Avelina Prat, que tuvo un gran éxito en atracción de espectadores a las salas, se fuera de vacío a pesar de los 7 premios Lola Gaos de la Academia Valenciana, lo que denota los contrastes entre las comunidades autónomas y el papel de los lobbies. Aunque he de decir que, pese a haber trabajado con Avelina, me gustó mucho más Vasil; la nueva película tenía demasiadas escenas meditativas y se me hizo larga de metraje

De entre los estrenos de este año, quiero llamar la atención sobre la pequeña pero interesante película Un bany propi de Lucía Casañ, donde destaca el trabajo del reparto —sobre todo su protagonista Nuria González— y el trabajo de ambientación. Son muy interesantes las historias que cada vez más dan cabida a mujeres mayores de 50 años. Destacar también el segundo largometraje de Javier Marco, basado en el cortometraje del mismo título, A la cara, sobre un tema de total actualidad: las redes sociales, internet y los haters.

Tengo pendiente ver los documentales de este año, un género que cada vez más llega a las salas y que tiene un apartado destacado en plataformas como Movistar+. Me cuesta ver las películas dirigidas al público joven (este año ha habido varios estrenos ya en plataformas); el problema es la justificación de determinados temas que se quieren mezclar con entretenimiento.

Debo comentar la coproducción entre México y España, Hombres íntegros de Alejandro Andrade, y la justificación del alcohol, la violación y los «niños bien» con padres bien posicionados. Es un poco agotador este discurso. Lo relevante y llamativo es que, como otras obras, aparecía en el listado masivo de los Premios Forqué en la categoría de Cine en Valores.

La última película de este año vista en salas fue Rondallas de Daniel Sánchez Arévalo, una obra demasiado coral que no profundiza en ningún personaje; por eso se me queda en «correcta», como un producto de entretenimiento que, en positivo, está atrayendo al público a las salas. Lo destacado es lo bien que mezcla tradición y cultura de las rondallas, un evento propio de Galicia que ha logrado atraer al espectador; algo que se busca mucho ahora: crear productos con valor local y éxito nacional o internacional, algo que esto último ya cuesta más.

Antes de cerrar, quiero comentar La deuda, la tercera película del actor Daniel Guzmán como director. En primer lugar, quiero valorar su trabajo y la constancia de años para levantar este proyecto. Las críticas recibidas me han parecido desmedidas y poco acertadas; una película, al final, se puede comparar con un hijo.

Seguí la cinta desde la visibilidad que tuvo en el Festival de Málaga, aunque su estreno fue muchos meses después. Vi la película en un pase con coloquio posterior del director, lo que hace la experiencia mucho más interesante. Este 2025 he podido disfrutar de varios encuentros así y, la verdad, es algo maravilloso. Es una película necesaria y de actualidad por cómo aborda temas tan relevantes como la gentrificación, el desahucio, el cuidado de los mayores y la culpa. A veces ocurre que, por lo que se tarda en levantar un proyecto, el mensaje se pierde porque la realidad avanza hacia otro lado; creo que aquí no sucede. Además, es interesante que no sea un drama al uso, sino que se cuente a través del thriller.

La queja general venía por su ausencia en los premios; sinceramente, creo que fue una cuestión de momentos y no de la película en sí. Al final, este año dos películas han monopolizado los premios y, como dije al principio, eso es un problema dada la cantidad de producción actual. Mi único «pero» es el final, demasiado previsible (ya lo anticipa el comentario de Luis Tosar) y su resolución fue en un plano general: ni un plano corto, ni una reacción, lo que me dejó bastante fría.

En cualquier caso, la dureza de las críticas recibidas me hace cuestionarme si no hay una cuestión personal que esté afectando a la obra, y eso sí es un problema. Creo que de las críticas siempre se debe aprender; huyo de las personas para quienes todo es «perfecto y maravilloso». Mi mirada no es así y, sobre todo, en este artículo no he querido menospreciar a nadie, porque voy a ver el cine nacional como prioridad y como reivindicación de nuestra propia industria.

También quiero hablar de películas que no me han gustado. La buena suerte de Gracia Querejeta, con un reparto destacado como Hugo Silva y Megan Montaner en una producción de Tornasol, es uno de esos casos en los que no entiendo la participación de algunos actores. Fue interesante el comentario escuchado en redes que citaba a una actriz ya fallecida: “Nadie te recordará por una mala película”. Sin embargo, teniendo en cuenta los problemas actuales de los actores para encontrar trabajo, pues… hay que trabajar. Sí debo comentar que esta obra contrasta mucho con su fantástica película anterior, Invisibles.

Otras películas que no me gustaron (aunque cabe destacar su trabajo técnico) fueron la comedia negra Pequeños calvarios de Javier Polo o la road movie Lo carga el diablo de Guillermo Polo. Por lo general, la comedia fácil no me atrae; es por eso que, cuando aparece un buen guion de comedia, el apoyo es masivo (no nos olvidemos del fenómeno de Ocho apellidos vascos de Emilio Martínez-Lázaro en 2014).

Tenía que cerrar el artículo, pero sigo viendo películas de 2025 ahora en plataformas: tengo ganas de ver El talento de Polo Menárguez y Subsuelo de Fernando Franco (ambas en Movistar+), o Siempre es invierno de David Trueba pronto en Netflix.

Además, como voluntaria de nuevo en ODA, estoy analizando dos películas y una serie para el análisis de la diversidad y la gordofobia en nuestro cine. Participar en ODA es un aprendizaje continuo; te das cuenta de los prejuicios que tenemos asumidos y que puede que para nosotros no sean un problema. Es cierto que he desarrollado la mirada para contenidos adecuados y necesarios para menores pero, por ejemplo, no tenía esta mirada tan formada sobre la gordofobia y es una realidad. Descubrir los adjetivos y prejuicios vinculados a las personas que aparecen en pantalla y que no siguen cuerpos normativos me ha dejado noqueada. Aunque abogo por una mayor pluralidad de sexo, edad, raza y diversidad (sin llegar al exceso de la publicidad, que ya resulta falso), no me había planteado este elemento negativo con tal profundidad. Me explotó la cabeza.

Quizás sea un poco tarde para este artículo, ya en plena semana del Festival de Málaga, que supone el arranque de los estrenos de 2026, pero me parece necesario publicarlo mientras apunto las próximas películas por ver (la comunicación y difusión de este festival es uno de sus mayores valores). Quiero cerrar con la última película de Isabel Coixet, Los tres adioses; debió estrenarse en 2025 pero no consiguió hueco. Es una obra maravillosa rodada en italiano, reflejo de la internacionalización de una directora que ha tenido éxito fuera de nuestras fronteras. Es, sencillamente, preciosa.

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Balance del cine español visto durante el 2025. He intentado hacer una radiografía plural porque hay muchas obras, muy distintas y muy interesantes, a pesar de algunos "peros". Debemos estar contentos porque sabemos hacer las cosas bien y no podemos sentirnos de menos ante industrias de otros países; el talento está ahí, en cada corto, en cada animación y en cada historia que nos interpela. No comulgo con que en los premios se centren en muy pocas películas, porque su función primordial debe ser la visibilidad para sumar espectadores y poner en valor la diversidad de nuestra producción. Viva el cine español.